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El Habla de los Rufianes

Eres muy chu-chu chulu

28/08/2020
Eres muy chulu

Que levante la mano quien juegue a rol desde que está en la escuela. Si no lo has hecho tú, no importa; yo juego desde los nueve años, pero no empecé con La llamada de Cthulhu (el Chulu de toda la vida) hasta que no tuve unas catorce primaveras.

Y ahora, que levanten la mano quienes eran mirados como bichos raros por jugar a rol durante esa época. Estoy seguro de que se alzará más de una.

chulu rol

Este artículo es un homenaje a aquellos que empezamos a jugamos a rol durante los noventa, teniendo que lidiar con las críticas de aquellos días. No hablo sólo por el rechazo de la sociedad hacia los juegos de rol, sino por sufrir el rechazo incluso dentro de nuestros círculos más cercanos. Aún recuerdo en mi clase cómo nos miraban a los frikis. Eramos los Raph Wiggum de la clase, los incomprendidos, los raros.

Si también fuiste uno de esos niños, no te preocupes, yo estoy aquí para decirte con voz nasal: «Eres muy chu-chu chulu». Y no, no me refiero al chuletas, el rapero y trapero argentino.

Eramos diferentes

Y fuimos diferentes porque quizá no eramos los chulos de la clase, pero sí los chulus. Verás, nuestra rareza era un don, un privilegio del que carecía la mayoría: nuestra capacidad de abstraernos a una imaginación más profunda. A diferencia de otros niños tuvimos la posibilidad de transitar los caminos de la Tierra Media del MERP, de explorar una galaxia muy, muy lejana, o de ponernos en la piel de un vampiro que vio la caída de Constantinopla en 1453.

Eramos diferentes porque sentíamos cosas diferentes. Esa capacidad de transportarnos, de sentir, eran el eje de nuestra vida. Llegábamos a casa después de la escuela o el instituto, y nos deleitábamos creando historias, dibujando mapas de dungeons o creando fichas de personaje. Nuestra mente se ponía a funcionar a toda velocidad; los estadios de la adolescencia eran azarosos y escapaban a nuestro control, pero el mundo que creábamos para nuestras partidas era enteramente nuestro.

En realidad no eramos bichos raros. Eramos chulus. Y, en fin, luego estaban los chulos, con «o», los que te decían friki. La verdad es que a mí nunca me hicieron bullyng por jugar a rol, aunque sé que a otros sí. Quizá fuera un niño afortunado, o a lo mejor se trataba de que tenía la capacidad para disfrutar de otros hobbys más normalizados o aceptados. Aún así, ser un acólito de Chulu ponía nerviosos a los profanos de mi clase, me lanzaban miradas suspicaces mientras murmuraban: «Esas cosas son del demonio».

Nos temían

¿A ti también te miraban disferente? ¿Sabes por qué lo hacían? Por temor. Y no, no hablo de ese temor irracional del que adolecen los más menguados y los estúpidos, aquellos que se dejan llevar por los prejuicios y las habladurías de que el rol es dañino para la sociedad. Era otra clase de miedo; los chulos, con «o», sabían que eran los perdedores, y los chulus, con «u» los ganadores de la partida de la vida. Quizá ellos eran populares, pero su ficha de personaje no estaba tan bien diseñada como la nuestra, la de los chulus, y por eso nos vetaban: se acojonaban de nuestra capacidad de disfrutar.

necronomicon chulu

Sí. Nos temían porque los descolocábamos; eramos ese tipo de criaturas que les hacían perder la cordura, como en un relato de Lovecraft. Eramos semillas de Chulu, criaturas incognoscibles. Y si no, piensa una cosa: ¿acaso jugar al rol no estimulaba la lectura? ¡Vega ya, pues claro que sí! Leíamos, nos informábamos de qué era una armadura loriga y qué tipo de estamentos había en la Edad Media. Estudiábamos los Atlas, y sabíamos de latitudes y longitudes con fin de buscar el campamento de Lake en la Antártida. Los dados caían en nuestras manos y los lanzábamos entrenando la memoria matemática, estudiando su estadística. Entonces, el profesor que debía enseñarnos estas cosas abría los ojos como platos cuando le arrebatábamos las palabras de la boca. Los adultos nos preguntaban «¿cómo sabéis esas cosas?», y respondíamos que jugábamos al rol. Así de simple.

Así que a los chulus, los chulos les temen por una buena razón: se sienten amenazados de su saber. Vulnerables y amilanados por la inventiva de quienes tienen la capacidad de ver y disfrutar la vida de forma diferente, sólo les queda ridiculizarlos y eclipsarlos en un patético intento de sentirse inteligentes.

Para chulos ellos, chulu tu

Así que ya lo sabes. No fuimos bichos raros, sino semillas de chulu. Somos hijos de los mismos manuales. Estuvimos unidos, todos en la distancia, bajo circunstancias injustas.

Hoy en día todo eso ha cambiado. El rol está muy difundido por la red y no se mira con los ojos aprensivos de antes. Cuando navego por las redes sociales y veo a tantos chavales empezar con los manuales, me viene un pensamiento a la cabeza: ojalá hubiese tenido a mi alcance estas herramientas, consejos de juego y recursos, pero sobre todo la aceptación de la sociedad. Los chicos de ahora no saben lo aciago que resultaba ver el miedo en la cara de la gente cuando escuchaban cualquier estupidez, por la tele o la radio, relacionada con este hobby. En cuanto una noticia saltaba, te llenabas de pesar, pues ya sabías que ibas a contar con la desaprobación de los adultos por jugar a juegos de rol. Lo equiparaban al satanismo ritual.

ralph chulu caballero

Aunque también a veces pienso que mejor hubiera sido así. Estar en la fina línea de la transgresión era importante para focalizarnos más en el juego. Tengo amigos que jugaban a escondidas, temerosos de que sus padres descubrieran su naturaleza chulu, y su desesperada y furtiva estrategia les hacían leer los manuales con más diligencia. No sé si hoy día, en la era de la sobre información, y con un mercado saturado que a veces nos resulta abrumador incluso a los adultos, los chicos acogerán los libros de rol como nosotros lo hacíamos en los noventa. No sé si serán conscientes de lo afortunados que son, de no tener que tomar un manual a escondidas; de no tener que dar excusas para poder jugar. De no ser mirados como bichos raros…

Y, por si acaso, les dejo esta nota.

Y para chulos ellos, chulu tú.

Ahora toma esta tarjeta y regálasela a quien consideres que la merece.

Un abrazo, amigo o amiga.