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El Habla de los Rufianes

La cultura del esfuerzo y la sonrisa de gilipollas

05/02/2021
la cultura del esfuerzo.jpg

Supongo que, a estas alturas del panorama internacional, sabrás que la meritocracia y la cultura del esfuerzo son mentiras que sostienen la desigualdad y el nepotismo. Y para ilustrarte, déjame que te cuente una historia personal que me ocurrió hace unos años. Una historia como la tuya, posiblemente, como la del resto de seres humanos. En definitiva…

La misma historia de mierda de siempre…

Te queremos contratar, eres la hostia jaja zalu2

Un día me llamaron para una oferta para un puesto de técnico de recursos humanos, una empresa de telefonía en la ciudad de Granada. Al descolgar sonó la voz de una muchacha que rebosaba alegría desmedida en la voz; yo venía conduciendo precisamente de Granada, de visitar a unos amigos. La escuché muy resuelta por el manos libres, muy entusiasmada ella: «Hola, soy fulanita, su currículum nos ha encandilado, patatín y patatán; es lo que andábamos buscando. ¿Puede venirse?». Por aquel entonces disponía de mucho tiempo libre y ahorros, además de estar cobrando el paro, por lo que me contagié del histrionismo de la menda y accedí con un tono idiotizado, casi caricaturesco. Al día siguiente me monté en el coche y regresé de nuevo a la capital estudiantil para tantear un posible trabajo.

La trampa

No me costó encontrar el lugar: un cuartucho sobrio en una galería en los bajos de un edificio de viviendas. Total, que se abre una puerta y aparece un tipo enchaquetado, con tres kilos de gomina y una mirada velada, como si estuviera pensando en qué tiene que hacer de comer mañana, en vez de tener la mente en el trabajo. Me da la mano y me saluda con voz artificial. Ya no hay histrionismos, ya no hay exaltación ni felicidad desbordante; ahora la pelota está en mi tejado, y son ellos quienes evalúan mi energía, mi estado de ánimo.

Bienvenido. A partir de ahora usted será un número.

Ni siquiera me pregunta, abre la carpeta con mi currículum y saca unos folios, casi con aire altivo. Entonces empiezo a darme cuenta del asunto, de los motivos de su altivez, de su laconismo, de su indolencia. Pues, tomando un boli y, como si estuviese recitando el padre nuestro, empieza una perorata con voz parca y artificial, todo de memoria.

«El trabajo es a puerta fría; las comisiones son por cada contrato hecho; tiene que hacerse autónomo; si llega a X comisiones se le paga el autónomo, bla, bla y bla…». Empieza a dibujar esquemitas en la hoja en blanco, con una soltura alucinante: flechas, cajitas de texto, todo muy profesional; debía llevar años haciendo eso. Te juro que yo estaba embobado, pero la dignidad y la paciencia me golpeaban en sendas sienes: «despierta, que te están tomando por gilipollas» decía la dignidad. «No estás para estas tonterías», decía la impaciencia, «además tengo hambre».

Troya arde

Como por aquel entonces ya gastaba un cinismo galopante (añeja vileza que destilé en mi vesícula biliar gracias al puesto de gerente en una perrera ―se aguanta a mucha escoria allí, te lo garantizo―), interrumpo al muchacho en seco:

―Disculpe. Me está usted describiendo un puesto de comercial.

Te juro que el tipo, que por supuesto no se esperaba ni el comentario ni el tono, parpadeó como si un robot sufriera un pantallazo azul en su sistema operativo (posiblemente Windows Vista). Asintió como respuesta, cambiando las formas y el tono, con una mezcla entre sorprendido y suspicaz. A lo que le contesté que no me malinterpretara, que el de comercial es un trabajo muy digno, pero que debía haber algún error; yo venía a por el puesto de técnico de recursos humanos, por el que me habían llamado.

―No tenemos vacante para técnico de recursos humanos ―dice el colega, como el tendero que se excusa ante el cliente por no tener pan de pueblo, pero sí le quedan algunos bollos.

cultura del esfuerzo trabajando

En fin, como te imaginarás, mi protesta no cabía ser de otra forma: ¿para qué CARAJO me llaman entonces diciéndome que el puesto es de recursos humanos? El enchaquetado se encoje de hombros, «¿quién le ha dicho eso?»; «pues mire usted, una tal fulanita» contesto; «disculpe el error» se excusa «eso es que se ha confundido». Y ante esto, claro, mi vesícula jaleó la bilis hacia la garganta y empapó mi lengua; esa bilis griega que se había colado en aquel despacho como Ulises en caballo de Troya.

Tengo una personalidad sosegada, y soy ecuánime. Pero cuando me la juegan no lo soporto, es superior a mí. «Llame usted a fulanita, haga el favor» digo circunspecto. «No está», me responde, y el miedo se le derrama por los párpados (se va a liar, pensaría). «Pues llame a su jefe». «Aquí estoy yo sólo» repone… y así, dándome esquivas con tensión y, no cabe duda, como buen gerente comercial.

Total, que al final le comenté que no he hecho un viaje de 300 kilómetros para que me tomen el pelo, que haga el favor de pagarme la gasolina, que se busquen las papas como sea, pero que lo hagan o… No recuerdo si le dije que llamaba a la policía o que me ponía a hacer un vídeo por redes sociales allí mismo (creo que las dos cosas; y lo último suelen temerlo más las empresas). En menos de cinco minutos habían salido tres personas, entre ellas el que se decía administrador de ese distrito, todos haciendo genuflexiones como japoneses.

¿La cultura del esfuerzo? ¡Mis pelotas!

A esto es a lo que se le llama «cultura de la mierda», del pisoteo y de la falsa meritocracia. Además de divulgativo, útil como desquite personal o humorístico, si cabe, para quien lo lee, este artículo va dirigido a aquellos que ahora están en paro, hartos de estos mamarrachos.

Amiga o amigo, te entiendo. Lo peor de todo no es que no encuentres trabajo, sino claudicar ante la idiosincrasia y los malos vicios culturales del mundo empresarial: te piden que vayas hecho un pincel, que sonrías, que hables con mucho entusiasmo (vamos, te piden que seas un desquiciado). Vivimos el mundo de la eterna adolescencia, el histrionismo y el éxtasis a la hora de hacer negocios, de las llamaditas eufóricas, del tuteo no solícito, colegueos paternalistas y la entrevista impertinente.

Y tú, con desgaste en la venas, con el ánimo por los suelos y la rabia en la garganta, debes mostrar sometimiento conductual mostrando unas formas descuadradas para los sentimientos que te envenenan por dentro. Te piden que vayas con energía por la vida, cuando ya no tienes para mostrar siquiera algo de brillo en la mirada.

¿Cómo pueden pedir, de esta manera tan psicópata, esta cultura del esfuerzo mientras no valoran realmente el esfuerzo que ya llevas cargando las espaldas? ¿Cómo te pueden exigir, encima de que estás moralmente destruido, un mínimo de energías si no quieres suspender los baremos de las primeras impresiones?

¿No es insultante pedir trabajo de esta manera tan humillante?

Es como si, después de que te asestaran tres puñaladas, pones sonrisa de gilipollas y agradeces con rostro continente por el dolor a tu asesino tan sólo porque ha parado de propinarte cuchilladas. ¡Te está dando la oportunidad de seguir viviendo!, ¿no lo pillas?

La sonrisa de gilipollas en la cultura del esfuerzo

Es horrible ver tanto marasmo de naturalidad y ausencia de amor propio cuando echas un vistazo al mundillo empresarial. Pásate por las redes sociales de negocios y observa a toda esa gente usando anglicismos estúpidos para sumar puntos.

Y al final, todo esto genera un «clasismo actitudinal», donde quienes muestren su sonrisa forzada, enfermiza, con más ahínco, son los que están encima de la pirámide, como aquella muchacha que me llamó (la tal fulanita), mientras que quienes se muestran congruentes y sanos con sus sentimientos son rechazados. ¿Qué coño esperan con un paro tan desestructurado como el que tenemos en nuestro país? ¿Qué bailemos sevillanas?

Me pagan y contratan precariamente, ¡qué reto de vida tan alucinante!

Ser un motivado artificial es un mandamiento; sentir congoja y tristeza un pecado. Esto no es cultura del esfuerzo, es una religión, y la gente es ganado del negocio encubierto por sistemas asesinos, neoliberalismos del compadreo y psicologías del coaching oportunista. Hay un vídeo de Emilio Duró que se hizo viral. Decía: «contrato a quien sube las escaleras de dos en dos, comiéndose el mundo». Claro, y si luego es un inepto, ¿qué? Y a aquellos que llevan años luchando por conseguir un puesto de trabajo y, aunque solventes y sinceros, se muestran desganados, que les den por culo, ¿no? Claro, sube los escalones de uno en uno, como las personas anormales.

Al final esto es la ley de la selva pero trasladada a la modernidad (posmodernidad, más bien), donde quién está hundido se hunde cada vez más y el que está en un estatus de comodidad sube como la espuma, promocionando a puestos ejecutivos. Y a la larga cataliza en algo mucho peor: los ineptos toman las riendas y puestos de responsabilidad, para mal de los pisoteados solventes que sufren las consecuencias sin poder llegar a decir esta boca es mía. Y todo porque un departamento de recursos humanos dice: «a quienes vengan con los hombros caídos no los contratéis». Como si a los seres humanos no se nos permitiera sentir tristeza; a lo mejor ese es el problema, que el corporatismo empresarial de nuestro siglo no tolera seres humanos sino robots.

De verdad, tenemos que acabar ya con ese precepto de que la primera impresión es la que cuenta; que debemos mostrar un estoico cascarón; que las aflicciones deben estar bajo  la máscara. Es salvajismo, depredación vestida de Armani. Asumir como técnico de recursos humanos que esto es así no es sino la asunción preceptiva de que estamos pateando la calidad en aras de la teatralidad y la pantomima.

Y no me vengan con que hay que estar en el puesto para saber lo que se cuece. Yo he sido técnico de recursos humanos y, llámenme loco, pero primaba más la experiencia curricular cotejada en la entrevista que los bríos de la persona en el momento, y salvo un par de casos que se nos escapan a todos, no me he equivocado. Tampoco digo que haya que venir triste a una entrevista; a las entrevistas se debe venir siendo uno mismo, sin las falsedades de la cultura del esfuerzo. No soy el único que piensa de este modo: cada maestrillo tiene su librillo, y a la larga el calor humano renta más que toda esa fría y artificiosa metodología que te enseñan en las academias.

Hazme un favor y comparte esta puta mierda. No va a resolver mucho, pero por lo menos nos desquitamos juntos de la mano.

Ah, por cierto. La gasolina me la pagaron. Digo, que si me la pagaron…