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El Habla de los Rufianes

Ojáncanu: el infortunio de Cantabria

03/12/2020
el ojáncanu, infortunio de cantabria

¿Sabías que en España contamos con nuestro propio cíclope? El Ojáncanu, u ojáncano, es el gigante de un solo ojo de la mitología cántabra, un ser monstruoso que habita en las montañas, cobijándose en las cañadas brumosas a la espera de desvelar su presencia a los humanos. Es entonces que siembra estragos entre los campesinos, robando gallinas y ovejas, cuando no provocando accidentes graves entre las poblaciones que tienen la mala suerte de cruzarse en su camino.

ojáncanu

Este monstruo es una figura mitológica emparentada con la familia de los ogros y, como muchos otros de nuestro panorama peninsular, nace de las tradiciones orales del norte para dar sentido a los hechos descritos en las historias antiguas (como el robo de ganado o los gruñidos de las bestias).

Aspecto del ojáncanu

ojáncanu junto a un hombre

Pero ¿qué aspecto tiene el ojáncanu? Pues bien, este ogro se caracteriza por ser una criatura enorme, aunque su tamaño exacto varía según el relato. Tiene una cara grotesca de color cetrina, con un único ojo grande en el centro, encajado entre pliegues. En su boca posee dos hileras de afilados dientes con los que despedaza la carne, aunque también se alimenta de vegetales. Posee brazos robustos y fuertes, con los que es capaz de levantar pesadas cargas, incluyendo rocas gigantescas que arroja a otros de su raza. Diez dedos toscos salen de cada mano y otros diez dedos de cada pié. Un pelo hirsuto y rojizo le cae en una larga barba, en cuyo centro se decora un particular mechón canoso.

Su voz se asemeja a la de un trueno, y brama envilecido cuando los temporales le enredan los cabellos en las ramas de los árboles.

Su punto débil

Se dice que el ojáncanu puede morir rápidamente si se le consigue cegar. Es entonces cuando, despojado de sus sentidos visuales, uno puede acercársele con presteza para arrancarle los pelos blancos de su barba, tras lo cual, el ojáncanu encuentra la muerte definitiva.

Existe un divertido dicho popular sobre esto, que dice: 

Ojalá te quedes ciegu,
ojáncanu malnacíu,
pa arrancarte el pelu blancu
y te mueras maldecíu.

Por otro lado, el ojáncanu tiene una fobia espantosa hacia los murciélagos. Y no es de extrañar: ¡si un miembro de esta especie toca a un ojáncanu, éste morirá! La única manera de salvar la vida es colocándose un ungüento sobre la piel donde el murciélago se ha posado.

El infortunio de Cantabria

Pero por encima de su aspecto horrendo, el ojáncanu es un ser que destaca por lo que representa en esencia. No en vano es llamado el infortunio de Cantabria: el monstruo encarna los valores más protervos de los pueblos del norte; una manifestación del mal de los propios cántabros, que se personifica más en las acciones y actitudes de la criatura, que en la criatura per se.

El ojáncanu muestra un comportamiento salvaje y primitivo, una agresividad terrible que justifica los temores de muchos ancianos que dicen haber visto a uno enfurecido. Las historias, que se pasan de generación en generación al calor de las hogueras, coinciden en que el ojáncanu tiene un repertorio de conductas básicas: derribar los árboles, arrojar las rocas hacia el ganado desde las cimas, y sembrar el caos entre la población.

ojáncanu robando

Su maldad retorcida le confiere además unos poderes perversos. El ojáncanu tiene la capacidad de transformarse en un anciano desvalido para engañar a las gentes. Furtivo, se mezcla entre la sociedad, intentando dar lástima a aquellos pueblerinos que son tan ingenuos como para caer bajo su hechizo y abrirles las puertas de sus casas. Una vez le dan cobijo, el ogro espera a que todos duerman; es entonces cuando aprovecha para deslizarse desde la casa, adoptando su monstruosa forma con fin de perpetrar sus crímenes, entre ellos el robo del ganado.

La leyenda también habla de que es capaz de transformarse en un tocón de árbol que se inclina sobre la rivera de los caminos, donde aguarda a que pase una diligencia. Justo en este momento es cuando se desploma sobre los carruajes, matando las monturas y estropeando las mercancías.

Su fuerza extrema le permite horadar la roca, creando colosales quebradas y barrancos a su paso. Tal práctica le es propicia para ocultarse bajo las grietas de la tierra, pues sella fácilmente sus grutas rocosas con piedras y árboles.

La juáncana

Existe también una versión femenina de esta criatura: la ojáncana, o juáncana. La hembra de la especie difiere de la versión masculina en que tiene dos ojos atestado de legañas, y unos colmillos de jabalí poderosos (resulta romántico crear algunos tropos con el Urscumug de Holdstock). Se dice que no tiene barba, pero que sus lánguidos pechos deben colocarse tras la espalda cuando corre.

Devoradora de niños

En cuanto a su comportamiento, su crueldad es si cabe peor que la de su compañero. También se vale del ardid y el engaño para perpetrar sus crímenes, pero además del ganado, roba a los niños de la buena gente, que devora crudos cuando ya se encuentra lejos de las poblaciones.

Reproducción de los ojáncanos

La deleznable reproducción no pasa por el apareamiento entre hembras y machos, como se podría imaginar en un principio. En realidad, cuando un miembro de la especie está desvalido por la vejez, sus propios iguales lo matan y despedazan de forma inmisericorde, repartiéndose la vísceras entre ellos. El ritual macabro prosigue cuando entierran lo que queda del cadáver bajo un roble, donde se consumará el fin de un ciclo vital. Tras nueve meses de espera, unos gusanos amarillos brotan emanando un espantoso olor a putrefacción. La ojáncana se inclina sobre ellos para amamantarlos con la sangre de sus pechos, tras lo cual las larvas crecerán y se convertirán en futuros ojáncanos de ambos sexos.

ojáncanu, monstruo cantábrico

Siempre hay justos en Sodoma

Aunque toda esta intensa maldad tiene su contrapeso cada 100 años. Se dice que transcurrido este tiempo, un ojáncanu bondadoso nace de estos gusanos y se hace amigo de los humanos, alertándoles cuando los demás miembros malvados de su especie planean atacar un poblado o infligir daño de alguna forma. La versión afable de la ojáncana se llama anjana, una hechicera de naturaleza bondadosa, de la que hablaremos en otro momento.

Así que, si un día visitas Cantabria y te topas con un gigante, ten cautela y comprueba antes su comportamiento; hay más probabilidades de que sea malvado que bueno. Por lo pronto, te animo a que me pongas en la cajetilla de comentarios alguna otra criatura mitológica de tu país que conozcas. Me encantaría comentarla contigo.

Un abrazo.